El primer hombre que conocí en mi vida, fue y es mi todo, pasó por todas las etapas desde ser mi héroe, mi protector, mi confidente, mi cómplice, mi engreidor, mi gran amor, mi mejor amigo, mi “enemigo”, la mano firme, mi celador, mi acosador, mi interrogador, el resignado, mi compañero, mi incondicional, mi gran apoyo; y finalmente mi razón de vivir y de ser mejor cada día.
De pequeña se me inflaba el pecho cada vez que hablaba de él, decía con orgullo que era todo un señor de uniforme que luchaba contra los malos y que se le veía muy lindo con quepí. Gracias al cielo, nunca recuerdo haberlo extrañado demasiado porque tuve la suerte de tenerlo a mi lado siempre que lo necesité, la “época oscura” del país ya había terminado cuando yo tuve uso de razón. Recuerdo aquel Fiat 128 que el tanto amaba y que tan fiel nos era, yo era su copilota favorita (o eso es lo que él me decía) aunque le hacía mil preguntas solo porque adoraba su frase: “Efectivamente, hija mia”. Un día con él era de felicidad absoluta, era mi payaso privado; siempre tenía nuevas voces, nuevos pasos de bailes y nuevos personajes para arráncame una sonrisa.
El impulsó mi pasión por el chocolate y quizás también desencadenó mi rosácea, le encantaba ayudarme con las tareas del colegio porque siempre terminaba dibujando o pintando, cosa que lo volvía loco. Se graduó con honores en fabricarme los disfraces y pancartas del colegio a punta de cartulina, papel crepé y demás utensilios; aunque recuerdo aquella vez que olvidó el disfraz de arbolito y solo atinó a envolverme misma momia en papel crepé verde a modo de polito y marrón de falda; ese día no lo quise tanto, mis fotos con cara de odio lo demuestran. Me fabricó un cerro de fichas de cartulina con combinaciones de la tabla de multiplicar por delante y las respuestas por detrás, las llevaba a todos lados y le pedía a quien me encontrara que me preguntara, con el fin de que genere algo de orgullo en él. Me pagó profesores particulares y clases privadas, para poder ser excelente en todo, me imagino que el paquete de diplomas que guarda celosamente lo compensan.
Nunca faltó a mis mil actuaciones de colegio, yo corría hacia él cuando lo veía llegar con su guayabera amarilla, pantalón drill, zapatos inmaculados y sus lentes piloto; era el más guapo del mundo. Intentó repetidas veces enseñarme a nadar y montar bicicleta, pero por Dios sabe qué razón nunca pude aprender con él, aunque me esforcé por aprenderlo por mi cuenta y luego demostrarle lo aprendido. Nuestro hobby era ver películas juntos, pasábamos todo el domingo viendo maratones de películas mexicanas del año 40, Cantinflas y Pedro Infante eran nuestros ídolos. Era mi cómplice en cuanto acto delictivo me viera involucrada, como señor de leyes sabía como ocultar la evidencia; sabíamos que la ira de mamá podía ser peor que la misma cárcel, así que siempre se las ingeniaba para cubrirme las espaldas. Cuando entré a la pubertad la cosas fueron cambiando, “el tío bazuca” como lo llamaban mi amiguitos tenía un arma, así que nadie se quería acercar a menos de 100 metros de mi casa por temor de morir acribillado, o por lo menos eso ocurría con el sexo masculino.
Enamoraditos de por medio, mi ídolo se derrumbó y es que dejo de verme como una niñita; ya era una adolescente rebelde que no podía escuchar ordenes porque algo dentro la hacía ir contra la corriente. Después de largos años de lucha, castigos, vigilancia extrema, detectives privados y demás; llegó la resignación, como no podía con el enemigo decidió unírsele. Ya que en la guerra y en el amor todo vale, como buen militar armó su estrategia y le resultó a la perfección, derrotó al enemigo. Finalmente volvieron las épocas gloriosas, hasta el día de hoy, que lo tengo junto a mí en este preciso momento; lo observo mientras lee “El sueño del celta”, que luego le pediré prestado. Aún no sé si le muestre este post algún día pero quería plasmar en algún lugar- por si la memoria me falla- que tengo un padre maravilloso al que le debo muchísimo, que me llena de orgullo, de alegría y satisfacción. Espero algún día retribuirle con creces, estos 21 años de amor incondicional; en las buenas y en las malas siempre tendremos esta relación padre-hija y amigo-amiga que tanto adoro. Te amo papá.

