Hoy me pongo a recordar y solo pienso en lo peligroso que pudo haber resultado aventurarnos a viajar sin conocer el camino, de madrugada, sin más compañía que nosotros dos, sin efectivo en la billetera, sin gasolina y sin miedo. Por supuesto que en ese momento solo pensábamos en pasar un día fuera de lo común, conocer nuevos lugares, lanzarnos a donde nos lleve el destino, tomar fotografías, conocernos más, relajarnos y todo eso sin morir en el intento.
Aún no teníamos decidido el destino cuando empaqué mis cosas y me despedí de mis padres, fuimos a casa de él a recoger sus cosas y aproveché de tomar una siesta ya que nuestra salida estaba programada para las dos de la madrugada. Prendimos él carro, él al volante, y decidimos ir a Canta – Obrajillo, ya que nos habían comentado que era un lugar lindo para hacer tour a caballo, conocer cataratas y comer. Compramos provisiones para el camino, lo cual incluía chicles, red bull y chocolates, todo para no dormir ya que nos esperaba algo de tres horas manejando. Yo de copiloto tenía la misión de vigilar que no nos gane el sueño, de monitorear el mapa gracias a Google Maps, de contar chistes, cantar, poner música e ingeniármelas para no aburrirnos. Nunca habíamos tomado esa ruta pero según se veía en el mapa no era muy difícil llegar.
Íbamos con los semáforos en ámbar y titilando, ya que a esas alturas de la madrugada los semáforos dejan de funcionar, a 120 km/h y con el volumen al máximo nos olvidamos de llenar el tanque de gasolina y de sacar dinero del cajero, cuando nos dimos cuenta ya estábamos saliendo de Lima y la pista de asfalto se iba convirtiendo en trocha. Tomamos una ruta desconocida así que tuvimos que regresar a seguir los pasos que nos indicaba Google Maps, encontramos un par de gasolineras con nombres nunca antes vistos, hasta que llegamos a una de confianza pero que no tenía muy buena pinta. Le pagamos con tarjeta al encargado y le preguntamos si había un cajero cerca, pero nos contestó negativamente. Cuando ya estábamos comenzando a entrar en pánico, ya que estábamos seguros que no íbamos a encontrar un cajero más adelante, al encargado se le prendió el foquito y nos ofreció darnos efectivo de la tarjeta si le pagábamos 5% más y así fue. ¡Qué suerte la nuestra!
Dos horas después seguíamos en camino pero el cansancio y el sueño estaban haciendo meya en nosotros, así que decidimos buscar un pueblo cercano para pasar la noche, llegamos al primer pueblo que encontramos donde había un hotel al paso que habría 24 horas, pero decidimos seguir un poco más adelante y buscar un hotel en el siguiente pueblo, grave error. Llegamos al segundo pueblo, pero parecía un pueblo fantasma, todo estaba cerrado y no encontramos ningún hotel, posada, hospedaje, ni siquiera una tienda. Seguimos más adelante y encontramos un Club importante, pero nos enviaron de regreso por nuestro camino porque solo estaba reservado para socios. Parecíamos San José y la Virgen María buscando un refugio, gracias a Dios no estaba embarazada. No pasaba ni un alma dado que ya eran las cuatro de la mañana pero el señor del Club nos indicó un hotel a un par de cuadras antes, pero en el hotel nadie nos atendió a pesar de que casi tiramos la puerta abajo. Así que tuvimos que tomarnos las últimas gotas de Red Bull y mantener los ojos abiertos para seguir hasta llegar a Canta, ya que era nuestra única opción.
Después de una hora de viaje comenzamos a ver luces y gracias al mapa con GPS pudimos constatar que no estábamos muy lejos ¿Qué hubiese sido de nosotros sin Google Maps? Probablemente hubiésemos dormido en el carro porque cuando se iba la señal del GPS me sentía perdida en el mundo. Luego nos enteramos que habíamos tomado el camino más largo, pero bueno son cosas que pasan, nos pudo haber ido mucho peor. Llegamos a Canta, cansados, con sueño y de madrugada, era un pueblito muy rústico, con casitas de adobe y calles estrechas. Había un velorio en una casa de la calle principal, para nuestra buena suerte (y la mala suerte del difunto) había familiares en los alrededores tomando emoliente y café, así que preguntamos por un hotel con estacionamiento y nos enviaron a uno que parecía un cuartel. Con miedo, tocamos la puerta y nos atendió un joven a quien al juzgar por su rostro lo habíamos despertado de su quinto sueño. Para nuestra sorpresa podíamos pagar con tarjeta y así lo hicimos aunque nos pareció caro para un pueblito tan pequeño y para las pocas horas que nos íbamos a quedar porque ya estaba amaneciendo.
Dormimos un par de horas, nos bañamos y con algunas referencias del joven del hotel, nos dirigimos a Obrajillo que está a solo cinco minutos de Canta. Ahí conocimos a Luis un guía que hace tours a caballo por el pueblo, nos recomendó un restaurante y nos ofreció sus servicios, nos pareció muy amable así que prometimos regresar. Almorzamos nada menos que un chicharrón de chancho y una pachamanca, muy delicioso y a un precio muy cómodo. Dejamos el carro afuera de un restaurante, rezamos para que no sucediera nada y decidimos buscar nuevamente a Luis para tomar el tour ya que sus caballos eran unos de los más bellos que habíamos visto en el pueblo.
Luis cabalgaba a Rosita, yo a Aurorita una yegua de paso que le gustaba correr y mi novio cabalgaba a Filomeno, un caballo un tanto flojito. Pasamos por un sembrío de alfalfa, algo bastante rentable allá, por el primer Molino, por la catarata artificial donde se grabó una novela peruana, por unos hoteles que se veían muy acogedores y que eran mucho más baratos que el que elegimos (fuimos al más caro de la ciudad). Luis nos contó de su vida, nos dejó correr un poco con Filomeno y Aurorita y nos explicó de la vida en la ciudad. Al regreso comenzó la lluvia, delgada pero tupida, llegamos empapados a pesar del impermeable. Ya en el carro, sanos y salvos emprendimos el viaje de regreso tomando la ruta que nos había indicado Luis y llegamos en menos tiempo a Lima. Cansados pero satisfechos, prometimos volver una vez más y conocer un poco más de ese hermoso pueblo que tan bien nos trato. Y por supuesto a visitar a Aurorita y Filomeno.
Aún no teníamos decidido el destino cuando empaqué mis cosas y me despedí de mis padres, fuimos a casa de él a recoger sus cosas y aproveché de tomar una siesta ya que nuestra salida estaba programada para las dos de la madrugada. Prendimos él carro, él al volante, y decidimos ir a Canta – Obrajillo, ya que nos habían comentado que era un lugar lindo para hacer tour a caballo, conocer cataratas y comer. Compramos provisiones para el camino, lo cual incluía chicles, red bull y chocolates, todo para no dormir ya que nos esperaba algo de tres horas manejando. Yo de copiloto tenía la misión de vigilar que no nos gane el sueño, de monitorear el mapa gracias a Google Maps, de contar chistes, cantar, poner música e ingeniármelas para no aburrirnos. Nunca habíamos tomado esa ruta pero según se veía en el mapa no era muy difícil llegar.
Íbamos con los semáforos en ámbar y titilando, ya que a esas alturas de la madrugada los semáforos dejan de funcionar, a 120 km/h y con el volumen al máximo nos olvidamos de llenar el tanque de gasolina y de sacar dinero del cajero, cuando nos dimos cuenta ya estábamos saliendo de Lima y la pista de asfalto se iba convirtiendo en trocha. Tomamos una ruta desconocida así que tuvimos que regresar a seguir los pasos que nos indicaba Google Maps, encontramos un par de gasolineras con nombres nunca antes vistos, hasta que llegamos a una de confianza pero que no tenía muy buena pinta. Le pagamos con tarjeta al encargado y le preguntamos si había un cajero cerca, pero nos contestó negativamente. Cuando ya estábamos comenzando a entrar en pánico, ya que estábamos seguros que no íbamos a encontrar un cajero más adelante, al encargado se le prendió el foquito y nos ofreció darnos efectivo de la tarjeta si le pagábamos 5% más y así fue. ¡Qué suerte la nuestra!
Dos horas después seguíamos en camino pero el cansancio y el sueño estaban haciendo meya en nosotros, así que decidimos buscar un pueblo cercano para pasar la noche, llegamos al primer pueblo que encontramos donde había un hotel al paso que habría 24 horas, pero decidimos seguir un poco más adelante y buscar un hotel en el siguiente pueblo, grave error. Llegamos al segundo pueblo, pero parecía un pueblo fantasma, todo estaba cerrado y no encontramos ningún hotel, posada, hospedaje, ni siquiera una tienda. Seguimos más adelante y encontramos un Club importante, pero nos enviaron de regreso por nuestro camino porque solo estaba reservado para socios. Parecíamos San José y la Virgen María buscando un refugio, gracias a Dios no estaba embarazada. No pasaba ni un alma dado que ya eran las cuatro de la mañana pero el señor del Club nos indicó un hotel a un par de cuadras antes, pero en el hotel nadie nos atendió a pesar de que casi tiramos la puerta abajo. Así que tuvimos que tomarnos las últimas gotas de Red Bull y mantener los ojos abiertos para seguir hasta llegar a Canta, ya que era nuestra única opción.
Después de una hora de viaje comenzamos a ver luces y gracias al mapa con GPS pudimos constatar que no estábamos muy lejos ¿Qué hubiese sido de nosotros sin Google Maps? Probablemente hubiésemos dormido en el carro porque cuando se iba la señal del GPS me sentía perdida en el mundo. Luego nos enteramos que habíamos tomado el camino más largo, pero bueno son cosas que pasan, nos pudo haber ido mucho peor. Llegamos a Canta, cansados, con sueño y de madrugada, era un pueblito muy rústico, con casitas de adobe y calles estrechas. Había un velorio en una casa de la calle principal, para nuestra buena suerte (y la mala suerte del difunto) había familiares en los alrededores tomando emoliente y café, así que preguntamos por un hotel con estacionamiento y nos enviaron a uno que parecía un cuartel. Con miedo, tocamos la puerta y nos atendió un joven a quien al juzgar por su rostro lo habíamos despertado de su quinto sueño. Para nuestra sorpresa podíamos pagar con tarjeta y así lo hicimos aunque nos pareció caro para un pueblito tan pequeño y para las pocas horas que nos íbamos a quedar porque ya estaba amaneciendo.
Dormimos un par de horas, nos bañamos y con algunas referencias del joven del hotel, nos dirigimos a Obrajillo que está a solo cinco minutos de Canta. Ahí conocimos a Luis un guía que hace tours a caballo por el pueblo, nos recomendó un restaurante y nos ofreció sus servicios, nos pareció muy amable así que prometimos regresar. Almorzamos nada menos que un chicharrón de chancho y una pachamanca, muy delicioso y a un precio muy cómodo. Dejamos el carro afuera de un restaurante, rezamos para que no sucediera nada y decidimos buscar nuevamente a Luis para tomar el tour ya que sus caballos eran unos de los más bellos que habíamos visto en el pueblo.
Luis cabalgaba a Rosita, yo a Aurorita una yegua de paso que le gustaba correr y mi novio cabalgaba a Filomeno, un caballo un tanto flojito. Pasamos por un sembrío de alfalfa, algo bastante rentable allá, por el primer Molino, por la catarata artificial donde se grabó una novela peruana, por unos hoteles que se veían muy acogedores y que eran mucho más baratos que el que elegimos (fuimos al más caro de la ciudad). Luis nos contó de su vida, nos dejó correr un poco con Filomeno y Aurorita y nos explicó de la vida en la ciudad. Al regreso comenzó la lluvia, delgada pero tupida, llegamos empapados a pesar del impermeable. Ya en el carro, sanos y salvos emprendimos el viaje de regreso tomando la ruta que nos había indicado Luis y llegamos en menos tiempo a Lima. Cansados pero satisfechos, prometimos volver una vez más y conocer un poco más de ese hermoso pueblo que tan bien nos trato. Y por supuesto a visitar a Aurorita y Filomeno.
