Kalumis
De cuando amas a tu hija con todo tu ser, pero eso no quita todos los sentimientos que conlleva la maternidad, de cuando no te sientes valorada, de cuando piensas que todo tu sacrificio no es reconocido. Ni siquiera esta pequeñita recordará todo lo que haces por ella y es tan chiquita que aún no sabe cómo decirte: ¡gracias mamá!, ¡tú puedes mamá!, disculpa por tus ojeras, por tu dolor, porque ya no tienes tiempo para ti y menos para mi papá. Ella no sabe que yo no estoy acostumbrada a todo esto de la maternidad y que hago mi mejor esfuerzo, pero aun así no basta.

Porque ser madre no es igual a ser padre, desde el embarazo, todo empieza a cambiar en tu vida, tienes que dejar atrás la ropa bonita, porque tienes que usar algo que sea cómodo para ti pero nada te entra, no debes comprar ropa porque pronto ya no te servirá, olvídate de los zapatos de tacón, ahora solo importa la comodidad, tus pies son tan grandes que solo puedes usar un par de zapatos o dos, te hinchas los últimos meses y debes soportar la burlas de tus amigas, porque no recuerdan que tienes la sensibilidad a flor de piel, no lo saben porque aún no han sido madres, no las culpo. Te duele la lumbar de estar sentada en la computadora, te mueves mil veces y vas otras cincuenta veces al baño. No hablemos de la nauseas matutinas, de no poder comer sin tener ganas de vomitar, de que debes comer sano porque no entiendes porque estás tan gorda y es que en realidad estás hinchada por retener líquidos, pero eso tú no lo entiendes. Todos te dicen que duermas todo lo que puedas, pero no puedes dormir, tienes calor y no encuentras una posición adecuada, porque alguien te patea desde adentro y además solo debes dormir de costado y de lado izquierdo, para que el bebé pueda recibir todo el oxígeno que necesita. Los últimos meses, te pesa todo y caminas dando pena. Ser madre es duro y eso que no llega la parte más difícil.

Lees un montón, ves videos, le preguntas a todo el mundo, quieres estar preparada porque te cagas de miedo, nunca has cuidado a un bebé, ni dos horas, ¿cómo harás con un recién nacido? ¿Cómo le darás de lactar? ¿Cómo diablos harás para dar a luz y soportar un dolor espantoso? Pero como buena perfeccionista que eres, te recontra presionas a ti misma, quieres lo mejor de lo mejor para tu bebé, tienes que dar a luz de forma natural, tienes que darle de lactar de forma exclusiva, tienes que ser la madre perfecta. Cuando llega la cesárea, se te cae el mundo encima, quieres llorar, hiciste todo bien, hasta caminaste cuando ya no podías más, aguantaste las contracciones, pero tu cuerpo te falló, no eres una “verdadera” madre que dio a luz con dolor, como Dios manda. ¡Pero claro que duele!, la cesárea duele. Estás cansada porque no dormiste por tratar de dilatar la noche anterior, pero la felicidad puede más, aun así tu cuerpo no perdona. El primer día no te puedes mover de tu cama, las enfermeras te limpian, te cambian, te ven desnuda, pareces un bebé, solo que un bebé con vergüenza, pero tienes que dejar que te hagan de todo a vista y paciencia de tu esposo, no puedes hablar porque te llenarás de gases, así que escribes todo en una pizarra. Tienes que darle de lactar a tu bebé y no te sale ni una gota, te duele, tu bebé te hace una grieta en un pezón, ¿de qué sirvió ver mil videos y leer ochenta libros? Te comienzas a desesperar, tu bebé tiene hambre y tú no puedes alimentarlo, ¿existe algo peor? No quieres que le den fórmula porque la has satanizado, pero son las 3 de la mañana no has dormido bien desde hace dos días y tu bebé no para de llorar, se la llevan a darle fórmula para que tú puedas descansar un poco, te sientes una “mala” madre, una “poca” mujer, hasta ahora nada ha salido como estaba planeado.

Llegan las visitas, estás agotada, fea y estresada porque tienes que darle de lactar a tu bebé y todas las visitas tienen que verte la teta, ¿qué puedes hacer? Primero es tu bebé y en la clínica no prohíben las visitas, todos pasan nomás, te aguantas y te tapas como puedes. Buscas mil recursos, la extractora, la pezonera, dolor y más dolor, te duele la cesárea, el cuerpo del cansancio y te duelen lo pechos a flor de piel, pero más te duele que las visitas te miran y te dan mil consejos, te ven sufriendo tratando de darle pecho a tu hija, no ayudan, te dicen que le des fórmula, que no tienes leche, las enfermeras también te asustan, si no moja el pañal se va a deshidratar, las palabras “mala madre” resuenan en tu cabeza. Esa segunda noche, lloras de frustración junto a la media onza de calostro que lograste sacar con la extractora después de mucho esfuerzo, no te la aceptan las enfermeras, te dicen que no sirve. Se llevan nuevamente a la bebé para que puedan descansar un par de horas, esa noche te despiertan unos escalofríos que no te dejan ni hablar, tu cuerpo convulsiona, no puedes llamar a tu esposo que duerme en el sofá, no sabes cómo llamarlo porque no puedes articular palabras, tus dientes golpean fuertes entre sí, gritas como puedes y llegan a ayudarte, es la leche que ya llegó te dicen, nadie te advirtió, pensabas que morías.

El tercer día tienes los pechos como piedras, te duelen horrores, ya llegó la leche pero no tiene ni idea de cómo sacarla, tu bebé tampoco puede, más frustración. Tienes que soportar masajes súper dolorosos, paños calientes y demás para poder liberarte de la leche acumulada. Ya tienes leche, ahora debes darle de lactar a tu bebé prácticamente todo el tiempo ¿no era cada dos horas? ¿Qué paso que no puedo ni ir al baño? Llega la “leve depresión postparto”, te siente desolada, triste, solo quieres tirarte a tu cama a llorar, pero no puedes, porque tienes que alimentar a tu bebé, cambiarle el pañal, bañarla, tienes que alimentarte y bañarte, no por ti sino por tu bebé.  No puedes dormir ni de día ni de noche, algo pasó que tienes el sueño súper ligero y tienes que mirar a tu bebé a cada momento para ver si respira. Te duele todo el cuerpo, tienes escalofríos, es producto de que no te estás extrayendo toda la leche y eso hace que te sientas fatal, sumándole a eso el cansancio y la depresión, nunca me imaginé que fuera tan difícil, solo quiero llorar y tirarme al abandono, pero no tengo derecho ni a eso, tengo que seguir porque una personita depende de ti. Tu bebé comienza a hacer ruidos mientras duerme, como si le doliera la barriguita, se mueve, se queja, se mueve y se queja, así durante las dos horas que logra dormir antes de pedirte leche, obvio no puedes dormir, tu bebé tiene algo. Tiempo después descubrirás que se debía a la fórmula. Osea, si hacemos cuentas tenemos: dolor de cuerpo, dolor de pechos, dolor de la herida de la cesárea, sueño infinito, porque no se puede dormir mientras tu bebé se queja del dolor de barriguita. Luego, de que el pediatra te prohíbe darle fórmula a la bebé y te manda una dieta criminal en la que no puedes tomar nada de lácteos, chocolate ni café, bajas tanto de peso, que llegas a pesar como cuando tenías 15 años. Te cagas de hambre todo el día, es decir, que al dolor y al sueño, le sumamos ahora el hambre, gracias.

Luego de que ya te acostumbraste al dolor, al hambre y al sueño, llega una infección al estómago que te lleva a emergencia y luego llega una mastitis que le agrega fiebres y más dolor al asunto. Hasta ahora todo bien piensas, al final yo aguanto todo pero a mi bebé que no le pase nada. Pero a tu bebé le da su primer resfrío, vomita mil veces y no puede dormir, tenemos que sentarla cada vez que tose y tratar de volverla a dormir, cada tos la despierta y la pobre está tan molesta, que llora del cansancio. Yo me siento triste, cansada, molesta, culpable, me dicen que fue mi culpa por poner el ventilador en casa, que no la abrigué bien, otra vez me siento “mala madre”. Llega la primera vacuna y el dolor de pierna de mi bebé, nunca la vimos llorar así, probamos mil cosas hasta que la pobre se quedó dormida del cansancio. Cuanto dolor siento de verla así, prefiero mil veces que me pase a mí, pero son los gajes de la maternidad, “los bebés siempre se enferman” te dicen para consolarte.

Aún ahora, luego de 7 meses, hemos pasado por dos episodios feos con una bacteria, que me llenó de frustración y tristeza. Como madre quisieras evitarle todo sufrimiento a tu hija y solo verla sonreír. La poca experiencia con bebé y niños, me costó horrores, aún me sigue costando. La lactancia es una responsabilidad enorme, si trabajas tienes que extraerte la leche de tu bebé como sea, es una presión grande, te mueres de miedo de que la leche se acabe y no tengas qué darle, porque no está acostumbrada a tomar otra leche, las madres prácticas dirían “pero dale fórmula”, pero esto es una decisión de dos, padre y madre. El no querer darle fórmula a tu bebé conlleva a varias cosas, cuidar la poca leche que te extraes como si fuera oro, tener que llegar a casa lo antes posible para poder darle pecho, no poder alejarte de tu bebé mucho tiempo porque puede darle hambre, el darle pecho a tu bebé en la madrugada las veces que se levante y hacerla dormir con el pecho. Tensión, estrés, responsabilidad, para mi lactancia materna es un peso que llevo encima, tiene su lado bello, pero es más el peso que cae sobre mis hombros. No tengo tregua, no me puedo enfermar porque deberé darle el pecho, no puedo dormir de corrido porque tengo que darle el pecho, no puedo salir a menos que deje leche extraída y como cada vez me sale menos, eso ya no es una posibilidad, no puedo usar vestidos porque tengo que dar el pecho, hay cosas que no puedo tomar porque tengo que dar el pecho, no me puedo teñir el cabello ni lacearme porque tengo que dar el pecho.

¿Soy una mala madre por quejarme? ¿Soy una mala madre por no mostrar una sonrisa a pesar de todo lo que siento? Lo único que me da paz es ver a Micaela, tan feliz, tan sana a pesar de todo, porque para ella trato de ser la mejor versión de mi misma, para ella solo hay sonrisas y juego, aunque por dentro me sienta fatal, ella solo saca lo mejor de mí. 
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