Kalumis
Era más alto de lo que recordaba, los tacos no ayudaron mucho. Luego de un abrazo algo torpe, evité examinarlo con la mirada pero es que tenía que mirarlo bien, hace un año y medio exactamente que no lo veía. La melena larga que parecía no molestarle en lo absoluto, los nervios no se apoderaron de mi como imaginé, no me sudaron las manos, el corazón no me latía a mil por hora. Supongo que las circunstancias son otras, que pasaron muchas cosas durante todo este tiempo, que los sentimientos cambiaron radicalmente; supongo, porque aún no logro comprenderme y controlarme totalmente. Mi reciente costumbre de no demostrar mucho me llevó a tratarlo como un amigo común y corriente al cual no veía hace mucho tiempo, no sé que pasó conmigo, no sé a qué le tenía miedo. Me obligué a creer que éramos los mejores amigos y que tenía que hacer su estadía aquí la mejor experiencia y así conseguir que regresase con más entusiasmo la próxima vez y no solo obligado por las circunstancias.

Aquel primer día no fue nada especial, hablamos de cosas superficiales y sin importancia pero me alegró saber que yo estaba en sus planes, a pesar de que solo contaba con unos cuantos días aquí. Aún no logro entender como una especie de culpa se apoderó de mi, en qué momento pensé que le pertenecía a alguien más, que le debía explicaciones a alguien más, que necesitaba su aprobación; tonta yo. El día dos, me recogió media hora antes de lo acordado como siempre, que manía suya con la puntualidad. Nos reímos demasiado con la película y luego fuimos a caminar por el malecón, tan romántica como la luna, tan fría como la noche y es que mi cita perfecta siempre será así. Hablamos de la vida, del pasado, recordamos cuando nos conocimos en esa linda ciudad de la cual me enamoré, de mis planes de irme de Lima, de dejar el trabajo, de comenzar la tesis, de su ascenso, de Ron- su lindo beagle-, de lo que solía hacer en su tiempo libre y de aquello que no se atrevió a contarme por chat y que a pesar de su vergüenza me contó. Caminamos, hablamos y seguimos caminando hasta que el frío y el cansancio pudieron más conmigo que las ganas de que el día no terminara. El tercer y último día nos encontramos en una cafetería de San Isidro, él me entregó un libro, dulce de leche y alfajores, yo le envié a Ron las cosas que le había comprado. Caminamos, tomamos fotografías, nos reímos mucho y finalmente llegó la hora de decir adiós, un hasta luego nos resultó mejor; esta vez fueron dos abrazos torpes y la incomodidad de no saber cómo reaccionar, no saber que decir, prefiriendo callar a pesar de que los dos sentíamos que quedaban mil cosas por decir.

Mi mejor amiga me sugirió un par de regalos cursis que no cuadraban con mis expectativas, preferí comprarle algo a Ron y así no demostrar más de lo debido. Fueron lindos días, pero las cosas en ese momento habían cambiado, exactamente un año atrás hubiese dado todo porque él estuviese acá, aunque solo fueran pocos días, hace un año atrás le hubiese dicho lo que sentía, tal cual, sin rodeos. Como aquella vez que le traté de decir sutilmente todo lo que sentía y el supo evadirme y simplemente no responder, fue cuando dejé de preguntarle incansablemente cuando vendría. Y un día como hoy luego de que pasaron dieciocho meses él me dice lo que siente por mí, que es exactamente lo mismo que yo sentía por él hace un tiempo. Parece gracioso, pero la vida juega con nosotros a su antojo, me volví a enamorar y no fue de él, lo quise por mucho tiempo o al menos eso pensé, pero ahora soy yo la que evade sus preguntas, la que no le da esperanzas, probablemente ya sea tarde para esta historia que me parece tan conocida, es como si se volviera a repetir sin cansancio. Un día como hoy descubro que los amores lejanos son casi un imposible, que quizás si el destino hubiese querido que pasemos más tiempo juntos podría haber funcionado, quizás, es solo una teoría, que probablemente algún día probemos.



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