Kalumis
Quedé enamorada del malecón, del río de la plata, de puerto Madero tan sofisticado y acogedor a la vez, quedé prendada de su arquitectura, de sus teatros, sus plazuelas, sus monumentos, amé cada calle empedrada, angosta y misteriosa, conocí Caminito y no lo quise dejar ir, tanto color, tanta alegría en un solo lugar.

Pintas en las paredes que solo expresaban arte, el hecho que respeten, consuman y creen arte día a día, que nadie se atreva a dañar las expresiones artísticas. La educación de la gente hasta para enviar un piropo en las calles. Su sol que ilumina, alegra la vida, pero no te escuece la piel.

Caí rendida ante el río Tigre y sus casas flotantes, antes las calles grandes, verdes e impecables. Estuve encantada que mi bolsa de viaje austera me alcance de sobra para seguir mi travesía. Extraño mi decisión de joven, mi espíritu de aventurera, mi despreocupación por lo que vendrá después, mis grandes sueños y fantasías, mis ganas de conocer el mundo y no parar nunca.

Me sorprendí con las casonas maravillosas, por ver chicos practicando kayak en el río, por ver a la gente hacer deporte, por las maravillosas librerías de la ciudad, por las tiendas de antigüedades, por los vinilos, por las colecciones de Los Beatles.

Amé la cordilla tan majestuosa, los campos verdes haciendo contraste con la nieve, el cielo azul de Mendoza, adoré pasar por tierra la frontera y disfrutar aquel paisaje majestuoso y que me dejó completamente enamorada, las pampas argentinas, el ganado saludable, las granjas, la lluvia de verdad. Recuerdo el día que no pude dormir de lo emocionada que estaba por el sonido de la lluvia y los truenos, quise pasar la noche fuera viendo los relámpagos y disfrutando de la lluvia de verano aunque pescara una pulmonía.

Adoré conocer gente maravillosa que me albergó y trató como familia. Extraño los panes dulces, tan consistentes, su puchero delicioso, sus empanadas, sus pastas. Los buses, tan calmados tan diferentes, hasta la escases de monedas y las colas en los bancos para conseguirlas.

Sus lluvias sorpresivas y mi impermeable salvador, las gangas que encontrabas donde menos lo pensabas, la ropa que me gustaba tanto que me la llevaba puesta. Gualeyguachu y su carnaval, el muelle del pescador donde las familias pasaban la tarde, un pueblo tan acogedor y pacífico, como para pasar tus últimos días, aquel carnaval al cual no soñé con asistir, me deleité, disfruté y me perdí en sus calles. La parrilla espectacular que preparó mi hermano, bautizado como el asador.

La visita a la UBA, donde soñé con estudiar, San Telmo y su mercado de pulgas, donde encontré las hermosas monedas de mi país, los amables transeúntes que se ofrecían a tomarnos fotografías, los floristas que pasaban en bicicleta y alegraban la ciudad.

El metro subterráneo tan pacífico y sin empujones, adoraba aquel enchapado en madera y con las luces tenues color amarillo, me enamoré del Rosedal en Palermo, el Planetario y sus parques hermosos, amplios, donde jugaba con encontrarle formas a las nubes.

Recuerdo el concierto de Coldplay, los gritos, la gente, las mariposas y el pasar la noche esperando un bus. Extraño esta ciudad en la que un día soñé con vivir y que ahora parece tan lejana. Extraño a cada una de las personas que conocía allá, prometo volver.





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